Adrian comenzó a caminar de un lado a otro.
—Esto es una locura.
Lo miré.
—¿Por qué?
Se detuvo.
—¡Porque soy tu esposo!
Aquellas palabras me hicieron sonreír con tristeza.
—Hace unas horas me dijiste que era una vergüenza para ti.
Su rostro cambió.
—Clara…
—Quemaste mi vestido.
Bajó la mirada.
—Estaba enojado.
—Me empujaste.
—No quise lastimarte.
—Y me dijiste que llevarías a Vanessa porque ella sí estaba a tu altura.
Adrian permaneció en silencio.
Me acerqué a la mesa.
Saqué de mi bolso la pequeña bolsa con los restos del vestido azul.
La coloqué frente a él.
—Esto fue lo que quedó.
Adrian la observó.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Clara, podemos arreglarlo.
Negué.
—No vine a negociar mi dignidad.
Él levantó la cabeza.
—Te amo.
Sentí una tristeza profunda.
—¿Me amabas cuando pensabas que no tenía dinero?
No respondió.
—¿Me amabas cuando te avergonzabas de presentarme a tus compañeros?