Se llamaba Patricia.
Trabajaba en una empresa relacionada con la suya.
Cuando lo confronté, ni siquiera intentó negarlo.
—Ya no soy feliz —me dijo.
Estábamos en la cocina.
Daniel dormía en su carriola.
Mateo lloraba en mis brazos.
—¿Y nuestros hijos? —pregunté.
Alejandro miró hacia la sala.
Después volvió a mirarme.
—Tú siempre has sabido cuidarlos.
Fue una de las frases más crueles que escuché en mi vida.
No porque fuera un insulto.
Sino porque la dijo como si mi capacidad para cuidar a nuestros hijos lo liberara de cualquier responsabilidad.
Dos semanas después se marchó.
Se llevó su ropa.
Sus documentos.
Su computadora.
Y algunos objetos personales.
Dejó una fotografía de nuestra boda sobre una repisa.
Nunca volvió por ella.
Durante los primeros meses envió dinero de manera irregular.
Después los depósitos comenzaron a retrasarse.
Finalmente dejaron de llegar.
Tuvimos que resolver asuntos legales relacionados con la manutención, pero Alejandro siguió sin participar en la crianza.