Por la risa de Mateo cuando cuenta un chiste malo.
Por la forma en que se miran antes de tomar una decisión.
Y por esas pequeñas costumbres que sólo se descubren cuando compartes la vida con alguien.
Él vio dos medallas de oro.
Yo vi trece años de recuerdos.
Y mientras Alejandro se quedaba atrás, comprendiendo demasiado tarde lo que había abandonado, mis hijos caminaron hacia mí.
No para demostrarle nada.
Sino porque querían celebrar.
Porque tenían hambre.
Porque estaban felices.
Y porque sabían exactamente dónde encontrarme.