TRECE AÑOS DESPUÉS DE ABANDONARME CON NUESTROS GEMELOS RECIÉN NACIDOS, MI EXESPOSO ME GRITÓ: «¿CÓMO TE ATREVES A VENIR AQUÍ?». NO RECONOCIÓ A LOS DOS MUCHACHOS QUE ESTABAN DETRÁS DE MÍ. MINUTOS DESPUÉS, CUANDO LOS LLAMARON AL ESCENARIO PARA RECIBIR DOS MEDALLAS DE ORO, SU ROSTRO CAMBIÓ POR COMPLETO.

En los cumpleaños celebrados con pasteles pequeños.

En los experimentos escolares que salían mal y debíamos repetir.

En las mañanas en las que yo estaba agotada y aun así me levantaba para preparar el desayuno.

En los días en que Daniel necesitaba un abrazo.

En las tardes en que Mateo quería contarme algo que había aprendido.

En las veces que los dos me preguntaban si estaría presente.

Y yo respondía:

—Claro que sí.

Porque eso fue lo que hice durante trece años.

Estuve presente.

No fui una madre perfecta.

Cometí errores.

Perdí la paciencia.

Olvidé comprar materiales para alguna tarea.

Llegué tarde a una reunión escolar porque el tráfico estaba imposible.

Hubo ocasiones en las que me sentí insuficiente.

Y noches en las que me pregunté si estaba haciendo las cosas bien.

Pero nunca dejé de intentarlo.

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