Eran adolescentes.
Tenían opiniones.
Sueños.
Talentos.
Y una vida que se extendía mucho más allá de nuestra pequeña familia.
Sentí una mezcla de orgullo y nostalgia.
Había pasado trece años deseando tener un poco más de tiempo.
Tiempo para dormir.
Para descansar.
Para terminar mis pendientes.
Y ahora comenzaba a comprender que los años habían pasado demasiado rápido.
Pronto serían adultos.
Tomarían sus propias decisiones.
Estudiarían.
Viajarían.
Quizá se mudarían a otras ciudades.
Y yo tendría que aprender a acompañarlos de una manera diferente.
Pero aquella noche todavía estaban conmigo.
Dormidos en el asiento trasero.
Después de ganar dos medallas de oro.
Y de decidir que una hamburguesa con papas era la mejor manera de celebrar.
Eso era suficiente.
Han pasado cuatro años desde aquella competencia.
Daniel y Mateo tienen diecisiete años.