Sonreí con tristeza.
—No tienen que defenderme de todo, mis amores.
Mateo respondió:
—Pero tampoco tiene derecho a tratarte mal.
Lo miré.
—Eso es verdad.
Daniel tomó un sorbo de refresco.
—¿Tenemos que volver a verlo?
Negué suavemente.
—No tienen que decidirlo hoy. Si algún día quieren hablar con él, podemos buscar una manera segura de hacerlo. Y si no quieren, también podemos hablar de eso.
Mateo asintió.
—Yo no quiero.
Daniel respondió:
—Yo tampoco. Por ahora.
—Está bien —les dije.
Y continuamos comiendo.
Aquella noche, de regreso a Monterrey, los dos se quedaron dormidos en el automóvil.
Sus medallas descansaban dentro de una mochila.
Yo conducía mientras las luces de la carretera aparecían y desaparecían frente a nosotros.
En el espejo retrovisor podía ver sus rostros.
Ya no eran los bebés que alguna vez había cargado al mismo tiempo.