TRECE AÑOS DESPUÉS DE ABANDONARME CON NUESTROS GEMELOS RECIÉN NACIDOS, MI EXESPOSO ME GRITÓ: «¿CÓMO TE ATREVES A VENIR AQUÍ?». NO RECONOCIÓ A LOS DOS MUCHACHOS QUE ESTABAN DETRÁS DE MÍ. MINUTOS DESPUÉS, CUANDO LOS LLAMARON AL ESCENARIO PARA RECIBIR DOS MEDALLAS DE ORO, SU ROSTRO CAMBIÓ POR COMPLETO.

Sonreí con tristeza.

—No tienen que defenderme de todo, mis amores.

Mateo respondió:

—Pero tampoco tiene derecho a tratarte mal.

Lo miré.

—Eso es verdad.

Daniel tomó un sorbo de refresco.

—¿Tenemos que volver a verlo?

Negué suavemente.

—No tienen que decidirlo hoy. Si algún día quieren hablar con él, podemos buscar una manera segura de hacerlo. Y si no quieren, también podemos hablar de eso.

Mateo asintió.

—Yo no quiero.

Daniel respondió:

—Yo tampoco. Por ahora.

—Está bien —les dije.

Y continuamos comiendo.

Aquella noche, de regreso a Monterrey, los dos se quedaron dormidos en el automóvil.

Sus medallas descansaban dentro de una mochila.

Yo conducía mientras las luces de la carretera aparecían y desaparecían frente a nosotros.

En el espejo retrovisor podía ver sus rostros.

Ya no eran los bebés que alguna vez había cargado al mismo tiempo.

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