Ninguno dijo nada.
Pero yo conocía aquel silencio.
Habían reconocido al hombre.
Sabían quién era.
Y estaban intentando comprender cómo alguien podía mirar directamente a sus propios hijos sin reconocerlos.
Aquella mañana llegamos a Saltillo para participar en la final estatal de conocimientos científicos.
Mis gemelos habían conseguido clasificarse después de meses de preparación.
Daniel competiría en matemáticas aplicadas.
Mateo, en ciencias físicas.
Ambos tenían trece años.
Y ambos habían trabajado muchísimo para llegar allí.
Yo no sabía que Alejandro estaría presente.
No había investigado su vida.
No lo seguía en redes sociales.
Ni tenía interés en conocer los detalles de su nueva familia.
Después de tantos años, su nombre se había convertido en algo que rara vez mencionábamos en casa.
Pero allí estaba.