Entonces sonrió.
Aquella sonrisa era idéntica a la que Alejandro tenía cuando era joven.
Pero estaba dirigida hacia mí.
Hacia la persona que había estado presente en cada momento de su vida.
Me puse de pie.
Aplaudí.
Y lloré sin intentar ocultarlo.
Dos medallas de oro.
Dos hermanos.
El mismo apellido.
Y trece años de esfuerzo detrás de aquel instante.
Fue entonces cuando miré hacia la cuarta fila.
Alejandro estaba sentado junto a Patricia.
Al principio parecía confundido.
Miraba el programa de la ceremonia.
Después observó a Daniel.
Luego a Mateo.
Volvió a mirar el programa.
Y finalmente levantó la cabeza hacia mí.
Vi cómo su expresión cambiaba.
Primero fue sorpresa.
Después incredulidad.
Luego algo parecido al miedo.
Sus ojos se quedaron fijos en Mateo.
Mi hijo todavía estaba en el escenario.
Sonreía hacia el público.
Y tenía el mismo rostro que su padre había tenido a los trece años.