Celebramos aquellos logros con pizza.
Con pastel.
Con fotografías tomadas desde mi teléfono.
Y con abrazos.
Pero también celebrábamos las cosas pequeñas.
Cuando aprendían algo difícil.
Cuando ayudaban a un compañero.
Cuando admitían un error.
Cuando hacían algo bueno sin esperar que nadie los felicitara.
Yo quería que fueran inteligentes.
Pero, sobre todo, quería que fueran buenas personas.
A los trece años fueron seleccionados para representar a su escuela en la competencia estatal.
Durante semanas estudiaron.
Practicaron ejercicios.
Repasaron conceptos.
Se hicieron preguntas mutuamente.
Algunas noches yo encontraba la luz encendida en su habitación.
Daniel estaba resolviendo ecuaciones.
Mateo le explicaba un experimento.
Y ambos discutían con una seriedad que me hacía sonreír.
Una noche entré con tres tazas de chocolate caliente.
—Muchachos, ya es hora de dormir.
Daniel levantó la cabeza.
—Cinco minutos, mamá.