Entonces escuché mi nombre.
Y después la risa de Camila.
Me quedé paralizada.
—¿De verdad abrió la invitación delante de todos? —preguntó ella, divertida.
—Se quedó blanca —respondió Mauricio—. Pensé que iba a llorar.
Camila soltó una carcajada.
—Me habría encantado verla. Con esa regla jamás se atreverá a aparecer. Esa mujer desfigurada no tiene valor para ponerse un vestido descubierto frente a toda la empresa.
—Exactamente —respondió mi esposo.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Pero lo peor todavía estaba por llegar.
—Además —continuó Camila con una voz más suave—, el sábado será nuestra noche. Cuando don Sebastián anuncie tu nombramiento, estaremos juntos frente a todos.
Escuché el sonido de la silla de Mauricio.
Por la abertura de la puerta pude ver que Camila estaba sentada sobre el brazo de su sillón.
Él tenía una mano apoyada en su cintura.