Pero esta vez no había un esposo esperando humillarme.
No había una amante burlándose de mi espalda.
No había nadie decidiendo qué podía mostrar o esconder.
Antes de comenzar la ceremonia, Mariana, ahora un poco más alta, se acercó corriendo.
Llevaba un vestido verde con mangas cortas que dejaban visible la cicatriz de su brazo.
—¡Valeria! —exclamó—. Mira mi vestido.
Me incliné para observarlo.
—Estás preciosa.
Ella sonrió orgullosa.
—Mi mamá me preguntó si quería ponerme una chamarra, pero le dije que no.
—¿Y qué te respondió?
—Que estaba bien. Que yo podía decidir.
Sentí que los ojos se me humedecían.
Mariana miró mi espalda y después levantó su brazo junto al mío.
—¿Sabes qué? —me dijo—. Creo que nuestras cicatrices son bonitas.
La abracé con cuidado.
—Yo también lo creo.
Cuando comenzó la ceremonia, subí al escenario para agradecer a los médicos, voluntarios y familias.