La niña sonrió.
—Entonces hoy no voy a usar mi suéter.
Me mostró la prenda que llevaba amarrada a la cintura.
—Hace mucho calor.
Solté una carcajada.
—Entonces será mejor que disfrutes el sol. Pero no olvides tu protector solar.
Mariana salió corriendo hacia sus amigas.
La observé alejarse y sentí una felicidad tranquila.
En aquel momento comprendí que todo lo que había vivido podía servir para que otras personas no crecieran creyendo las mismas mentiras que yo había aceptado.
Sebastián apareció caminando entre las mesas con dos vasos de limonada.
Llevaba la camisa arremangada y había dejado la corbata en algún lugar.
—Doña Elena insiste en que pruebes su limonada —dijo, entregándome un vaso.
Lo acepté sonriendo.
Durante aquellos meses, Sebastián se había convertido en alguien importante para mí.
No porque fuera millonario.
No porque me hubiera acompañado a una gala.