MI ESPOSO ME LLAMÓ REPUGNANTE POR LAS CICATRICES QUE ME DEJÓ EL INCENDIO DEL QUE LO SALVÉ, Y SU AMANTE ORGANIZÓ UNA GALA DONDE TODAS DEBÍAMOS LLEVAR LA ESPALDA DESCUBIERTA, SIN IMAGINAR QUE EL DUEÑO MILLONARIO DE LA EMPRESA LLEGARÍA TOMADO DE MI BRAZO.

No sentí alegría por sus dificultades.

Tampoco deseé que sufrieran más.

Solamente esperaba que aquel niño creciera rodeado de personas capaces de enseñarle algo que sus padres habían olvidado.

Que el valor de alguien no depende de su apariencia ni de cuánto dinero puede ofrecer.

Mi vida comenzó a cambiar de una manera que nunca habría imaginado.

Por primera vez tenía control sobre mis finanzas.

Participaba en las decisiones importantes de la empresa y aprendí a desenvolverme en reuniones donde antes apenas me permitían hablar.

Pero había algo que deseaba hacer con mis dividendos.

Algo que tenía más significado para mí que cualquier inversión.

Durante mi recuperación conocí a pacientes que necesitaban nuevas cirugías reconstructivas y no podían pagarlas.

Algunos eran niños.

Otros eran trabajadores que habían sufrido accidentes.

Muchos habían perdido sus empleos o gastado sus ahorros intentando recuperar movilidad y calidad de vida.

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