Aquella noche, frente a cientos de personas, finalmente dejé de pedir perdón por haber sobrevivido.
Después de la ceremonia salí a una terraza que daba al puerto.
La brisa nocturna acarició mi espalda descubierta.
Me apoyé en la barandilla y observé las luces reflejadas en el agua.
Sebastián apareció unos minutos después.
Llevaba su saco doblado sobre un brazo.
—¿Tienes frío? —preguntó.
Miré la prenda.
Durante años, cuando alguien me ofrecía algo para cubrirme, aceptaba inmediatamente.
Esta vez sonreí.
—No, gracias.
Sebastián dejó el saco sobre una silla.
—¿Cómo te sientes?
Pensé en todo lo que había ocurrido.
En Mauricio.
En Camila.
En el hospital.
En los documentos.
En la mujer que había sido antes de entrar al salón.
—Como si acabara de recuperar algo que ni siquiera sabía que había perdido —respondí.
Él se colocó a mi lado.