Y estaba a punto de descubrirlo.
Aquella noche regresé a casa cerca de las nueve.
Mauricio llegó poco después, oliendo a un perfume floral que no era mío.
Ya ni siquiera intentaba ocultarlo.
Se aflojó la corbata y abrió el refrigerador.
—Supongo que no irás el sábado —dijo—. Les diré que tienes migraña.
—Está bien —respondí.
Se quedó inmóvil.
—¿Está bien?
—Sí. Quédate hasta la hora que quieras.
Me observó desconcertado.
Estaba acostumbrado a que yo llorara, preguntara y tratara de convencerlo de que me incluyera en su vida.
Esta vez no encontró nada de eso.
Se encogió de hombros y subió a nuestra habitación.
Yo dormí en el cuarto de huéspedes.
No se dio cuenta hasta dos días después.
Los siguientes días fueron intensos.
Sebastián me puso en contacto con una abogada independiente llamada Renata Beltrán, especialista en asuntos corporativos y familiares.