Lloré al terminar de leerla.
Porque Margaret y yo habíamos llegado a aquella historia como dos mujeres que supuestamente debían odiarse.
Y terminamos convirtiéndonos en las personas que se ayudaron a recuperar sus vidas.
En cuanto a Richard, nunca volví a verlo.
Un día, alguien me preguntó si todavía lo amaba.
Pensé durante unos segundos y respondí:
—No echo de menos al hombre que era. Echo de menos al hombre que me hizo creer que era.
Y esa fue la última vez que pronuncié su nombre con tristeza.
Porque a veces la peor traición no es descubrir que alguien ama a otra persona. Es descubrir que la persona de la que te enamoraste nunca existió.
Y si algo aprendí de todo aquello, es que nunca debemos confundir las promesas de alguien con sus verdaderas intenciones.
FIN.