DAISY.
La perra estaba acostada bajo la sombra de un árbol.
Cuando Elijah la llamó, levantó la cabeza y corrió hacia él.
—¿Cómo está ahora? —pregunté.
Elijah sonrió.
—Mucho mejor. Come bien, juega y duerme dentro de la casa.
—¿Todavía tiene miedo?
El muchacho acarició su cuello.
—A veces se asusta cuando escucha ruidos fuertes. Pero cada día está más tranquila.
Observé la cicatriz.
—¿Y tú?
Elijah guardó silencio.
Después respondió:
—Yo también estoy mejor.
Me contó que había regresado a clases.
Que seguía trabajando algunas tardes.
Y que quería estudiar veterinaria.
—¿Veterinaria? —pregunté.
Asintió.
—Quiero ayudar a otros animales como Daisy.
Su abuela apareció con dos vasos de limonada.
—Siempre ha tenido buen corazón —dijo—. Solo necesitaba que alguien lo escuchara.
Antes de marcharme, Elijah me mostró algo.
Era una fotografía enmarcada.
Había sido tomada el día de la adopción.