Pero sabía cómo acabaría aquella conversación.
David diría que estaba exagerando.
Evelyn aseguraría que yo estaba celosa.
Y, al final, alguien terminaría acusándome de querer separar a una madre de su hijo.
No quise participar en ese juego.
—Está bien —respondí.
Mi marido parpadeó.
Advertisement
—¿Qué?
—He dicho que está bien. Si desde hoy cada uno va a pagar sus propios gastos, respetaré esa decisión.
Evelyn sonrió todavía más.
David apoyó una mano en la mesa.
—Me alegra que finalmente entiendas cuál es tu lugar.
Aquellas palabras permanecieron suspendidas entre nosotros.
Mi lugar.
Advertisement
Habíamos compartido siete años de matrimonio, decisiones difíciles, días de cansancio y momentos felices.
Y ahora mi marido hablaba de mi lugar como si yo fuera una empleada a la que acababan de explicar las nuevas normas de la casa.