—Quiero entender algo —dije—. ¿Los gastos de supermercado también serán responsabilidad mía?
David movió la mano con fastidio.
—Otra vez con lo mismo.
—¿Y los servicios de la casa? ¿Las comidas que pides todos los días? ¿La gasolina que pagas con las tarjetas adicionales?
Evelyn se incorporó ligeramente en el sofá.
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—¡No seas dramática! Hablas como si te molestara que mi hijo me quiera.
Aquello me hizo comprender que no estábamos teniendo una conversación sobre dinero.
Estábamos teniendo una conversación sobre poder.
David no me estaba proponiendo una nueva organización económica.
Me estaba comunicando una decisión tomada sin mí, delante de una mujer que disfrutaba viendo cómo me colocaba en una posición inferior.
Podría haber discutido.
Podría haberle recordado cuánto había pagado durante años, enumerado facturas y exigido que Evelyn explicara por qué se sentía con derecho a opinar sobre nuestro matrimonio.
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