Yo tenía una respuesta que ninguno de los dos había considerado.
Y cuando Evelyn volviera a mencionar quién podía echarme de aquella casa, descubriría por qué su amenaza acababa de convertirse en el peor error de toda la noche.
Porque una cosa era administrar el sueldo de su hijo.
Y otra muy distinta era pretender disponer de una propiedad sin saber siquiera a nombre de quién estaba.
David abrió la boca para preguntarme algo.
Evelyn lo interrumpió, insistiendo en que no debía dejarse intimidar.
Pero él ya no la estaba escuchando.
Me miraba a mí.
Y entonces comprendí que, después de siete años de matrimonio, mi esposo estaba a punto de hacerme una pregunta cuya respuesta siempre había dado por sentada…