Respiré profundamente.
—No.
Mi respuesta pareció desconcertarlo más que cualquier grito.
David estaba acostumbrado a que nuestras discusiones terminaran con una solución práctica.
Si había un problema con una compra, yo lo resolvía.
Si faltaba algo en la casa, yo encontraba la manera de conseguirlo.
Si una decisión de Evelyn provocaba un gasto inesperado, casi siempre terminaba absorbiéndolo para evitar que se convirtiera en una pelea familiar.
Aquella noche, por primera vez, no estaba dispuesta a seguir desempeñando ese papel.
—Has decidido que tu madre administre tu sueldo —continué—. Puedes pedirle que pague la cena.
David abrió la boca para contestar.
Pero antes de que pudiera hacerlo, escuchamos otra voz.
—¿Qué está pasando aquí?
Evelyn apareció en la entrada del comedor.
Todavía llevaba su elegante blusa y su reloj caro.
Nos miró a ambos con expresión irritada.
—¿Por qué estáis gritando?