Aquello tampoco era extraño.
Durante mucho tiempo había pedido lo que quería sin detenerse a comprobar cuánto costaba.
La diferencia era que, esa noche, yo había dejado de financiar aquella costumbre.
Cuando intentó pagar, escuché un sonido breve procedente de su teléfono.
David frunció el ceño.
Miró la pantalla y volvió a pulsar.
Otra vez apareció la misma notificación.
TRANSACCIÓN RECHAZADA.
Lo intentó nuevamente.
El resultado no cambió.
—¿Qué demonios pasa con esta tarjeta?
No contesté.
Sabía perfectamente qué estaba ocurriendo.
Unos segundos después, David levantó la mirada.
—Chloe.
—¿Sí?
—Desbloquea mi tarjeta.
Mantuve los ojos sobre el libro.
—No es tu tarjeta, David.
—Sabes perfectamente a cuál me refiero.
—Y tú sabes perfectamente que pertenece a mi cuenta.
Lo vi apretar la mandíbula.
—La he utilizado durante años.
—Porque yo lo permitía.
—¡Pues vuelve a permitirlo!