Preston no sabía todavía cómo se llamaban.
Tampoco sabía por qué la visión de ambos le había provocado una sensación tan extraña.
Solo podía escuchar la conversación.
—Theo, cariño, no tienen que compartir nada —dijo Naomi suavemente—. Mamá tiene suficiente para los dos.
El niño levantó los ojos hacia ella.
Naomi intentó sonreír.
Después volvió a mirar las monedas que tenía sobre el mostrador.
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Las separó.
Las reunió.
Y volvió a contarlas.
Preston observó aquel movimiento sin poder apartar la vista.
La mujer que años atrás había vivido con él en una enorme mansión estaba comprobando por segunda vez si podía pagar algo de comer a sus hijos.
Le faltaban ochenta centavos.
Ochenta centavos.
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Una cantidad que Preston apenas habría notado en cualquiera de sus gastos cotidianos.