Lo que sí podía reconocer era que había tratado como una molestia a una mujer cuya vocación nunca había merecido su desprecio.
Y después había continuado su vida sin preguntarse cómo estaba ella.
Preston permaneció cerca de la puerta.
Frank seguía atendiendo a Naomi.
Los niños miraban su comida con ilusión.
Entonces uno de ellos comenzó a reírse.
Fue una risa infantil, despreocupada, provocada por algo que su hermano acababa de hacer.
Pero el gesto que acompañó aquella risa hizo que Preston se quedara completamente helado.
El pequeño levantó una ceja.
No de cualquier manera.
La levantó exactamente como Preston lo hacía cuando algo le resultaba especialmente divertido o emocionante.
Era un gesto que había repetido toda su vida.
Lo conocía por las fotografías.
Por el espejo.
Por las veces que alguien se había burlado cariñosamente de aquella expresión.