Mi padre sacó la primera hoja.
—Daniel, aquí está tu firma. Y aquí está la firma de tu padre, que actuó como testigo.
Mi suegra frunció el ceño.
—¿Qué acuerdo?
Mi padre no levantó la voz.
—Un acuerdo relacionado con la propiedad de esta vivienda, las aportaciones económicas realizadas por mi hija y las condiciones bajo las cuales se le permitiría vivir aquí.
Daniel intentó coger los documentos.
—Eso no tiene ninguna validez.
Mi padre apartó la carpeta.
—No he terminado.
Pasó a la segunda página.
—Hace siete años, cuando Daniel perdió su trabajo y su empresa estaba endeudada, mi hija utilizó una parte importante de sus ahorros para evitar que esta familia perdiera la vivienda.
Miré a Daniel.
Recordé perfectamente aquel año.
Había vendido mi pequeño apartamento, una propiedad que había heredado de mi abuela, para ayudarlo.
Daniel me había prometido que nunca olvidaría aquel sacrificio.