Escuché sus palabras sin interrumpirlo.
—Sé que cometí errores.
—Sí, Daniel. Los cometiste.
—¿Crees que algún día podríamos hablar sin rencor?
Miré por la ventana.
En la calle, una pareja paseaba con un perro. Una niña corría detrás de una pelota. Alguien estaba regando las plantas del balcón de enfrente.
Mi vida era sencilla.
Y eso me gustaba.
—No te odio, Daniel —respondí—. Pero tampoco quiero volver a formar parte de tu vida.
Él suspiró.
—Lo entiendo.
—Espero que aprendas algo de todo esto.
—¿Qué cosa?
Respiré profundamente.
—Que una persona no pierde su dignidad cuando termina un matrimonio. Y que nadie debería esperar a que un abogado le recuerde que tiene que tratar a los demás con respeto.
Colgué.
No sentí necesidad de llorar.
Tampoco sentí necesidad de llamar a mi padre para contarle lo ocurrido.
Simplemente dejé el teléfono sobre la mesa y continué preparando la cena.