Pero no esperaba su reacción.
Tristan me miró fijamente.
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Su expresión se endureció.
—Grace, no hagas esto.
Al principio no entendí a qué se refería.
Pensé que intentaba tranquilizarme y pedirme que no entrara en pánico.
Entonces empezó a hablar de manipulación.
Dijo que no estaba dispuesto a permitir que utilizara un supuesto embarazo para retenerlo.
Me quedé mirándolo.
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—Tristan, no estoy intentando retenerte.
Él negó con la cabeza.
—Nuestro matrimonio ha terminado.
—Lo sé. Pero estoy embarazada.
No quiso escucharme.
Le mostré la prueba.
Le expliqué que había acudido al médico y que el resultado se había confirmado.
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Él seguía convencido de que estaba intentando cambiar su decisión.
Recuerdo haber sentido una mezcla de incredulidad y vergüenza.
No porque estuviera avergonzada de mi embarazo.
Sino porque el hombre que había sido mi esposo durante seis años me estaba tratando como si fuera capaz de inventar la existencia de un bebé para conseguir lo que quería.