Jenkins miró a Ruth. Ella asintió.
—Puedo —dijo él—. Si Khloe está. No quiero ser el único.
Khloe, en el pasillo, levantó la mano como en clase.
—Estoy.
Volvimos a la academia al caer la tarde. Daniel había convocado solo a las familias que quisieran oír, no a la prensa. Aun así la sala se llenó. Adrian se quedó al fondo, sin ocupar el centro. Navarro había enviado un correo seco: los videos completos se incorporaban al expediente, la queja de agresión seguía en suspenso, y cualquier contacto de Hale con menores quedaba anotado si había testigos.
Jenkins habló de pie sobre la colchoneta azul, descalzo, porque dijo que así se decía la verdad en ese lugar. Contó los insultos de los meses, la caída de ayer, el coche de Hale frente a su casa y la frase sobre Khloe. La voz se le quebró en el apellido de mi hija y después siguió. Ruth no lo interrumpió.