—No te muevas. Voy.
Llegué en doce minutos. Khloe estaba sentada en una silla demasiado grande, con la mochila en las piernas. El director, un hombre paciente de gafas finas, había guardado la descripción: abrigo claro, carpeta con el logo mal impreso de la academia de Kim, prisa de quien representa a alguien más.
—No era personal del colegio —dijo—. Y el logo, al acercarlo, se veía recién pegado. Su hija pidió quedarse. Hizo bien.
Abracé a Khloe delante de todos. No me importó.
—¿La mujer habló contigo a solas?
—Solo en recepción, con la secretaria al lado. Dijo que si no bajaba, usted iba a perder la cabeza otra vez como en el video. Yo le dije que mi madre no pierde la cabeza. Que cuenta hasta diez y después decide.
El director sonrió a pesar de la gravedad.
—Puede llevársela el resto del día si lo considera necesario. O puede quedarse. Hoy reforzamos la reja.