—No hables por mí —dije.
—Hablaré de lo que hice. Del silencio. De Renner. De Hale en el hospital. Tú decides cuándo poner la cara.
Khloe fue al colegio con una vecina de confianza, la señora Ortega, que ya conocía la ruta y aceptó no dejarla en la puerta sin verla cruzar el patio. Yo las seguí en el coche hasta la reja y me quedé un minuto más, odiando tener que vigilar una mañana de escuela como si fuera un campeonato.
A las diez, el teléfono de Khloe me llamó.
—Mamá —susurró—. Me sacaron de clase. Una mujer en recepción dijo que la academia había tenido una urgencia y que tú esperabas en la reja norte. No salí. Estoy en la oficina del director. La señora Ortega está abajo. La mujer se fue cuando pedí ver su identificación.
El alivio me aflojó las rodillas y enseguida se volvió rabia.