Abrí la carpeta. No necesitaba ser médico para ver la diferencia. Una hoja hablaba de pausa. La otra, de permiso. Mi nombre estaba en las dos. Mi voluntad solo en la primera.
—Renner —dije.
—Murió hace cuatro años —contestó Adrian—. Hale conservó la influencia. Los becados, los árbitros amigos, los gimnasios que le deben invitaciones. Renner ya no puede declarar. Los papeles sí.
—¿Y tú declararás?
Adrian asintió.
—Hoy. Donde digas. Federación, abogado, o los padres de esta academia si primero hay que proteger a los niños de un video mentiroso.
Hale, en el umbral, aplaudió una sola vez.
—Qué enternecedor. El entrenador arrepentido. La madre heroína. La niña de testigo. Falta el detalle que ustedes olvidan: el video no necesita ser verdad para doler. Ya lo tengo. Tyler cae. Victoria sonríe. Una mujer violenta en un gimnasio de menores. Puedo publicarlo con un titular antes del desayuno. O puedo guardarlo si el sobre vuelve a mi mano y Adrian recuerda cómo se mantiene viva una academia.