—Tyler ya habló —dije.
La sonrisa de Hale se enfrió medio grado.
—Tyler habla hasta que alguien le recuerda el alquiler.
Un segundo coche entró en el estacionamiento demasiado rápido y frenó junto al mío. Reconocí a Adrian Cole antes de que apagara el motor: más delgado, la barba cerrada en gris, la misma chaqueta de viaje de los años en que dormíamos en aeropuertos. Bajó con una carpeta contra el pecho y se detuvo al ver a Hale.
—Llegas tarde a tu propio silencio —dijo Hale.
Adrian no le contestó. Me miró a mí.
—Victoria. Tenía que verte yo, no a través de un mensaje.
Trece años cabían en esa frase y no alcanzaban.
—Entra a la academia —dije—. Khloe también. Hale se queda fuera. Si quiere testigos, que llame a los suyos a la luz del pasillo, no desde una ventanilla.