Le Quedaban Siete Días De Vida Y Escribió Al Mafioso Equivocado-aurelle

Personas con las que había compartido cumpleaños, vacaciones, conversaciones interminables y promesas de amistad.

Podría haber marcado cualquiera de aquellos números.

Pero no lo hice.

No porque estuviera completamente sola.

La soledad que sentía era más difícil de explicar.
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Durante los primeros años de mi enfermedad, mis familiares preguntaban con frecuencia por los resultados de las consultas.

Algunos amigos venían a visitarme y se quedaban conmigo durante horas.

Recibía mensajes de ánimo, llamadas inesperadas y preguntas sobre cómo estaba.

Después el tiempo empezó a pasar.

Los tratamientos continuaban.

Los días malos se repetían.

Mis respuestas se parecían demasiado entre sí.

Seguía cansada.

Seguía esperando.

Seguía sin saber cuándo me recuperaría.

La gente empezó a tener otras responsabilidades.

Nuevos trabajos.

Nuevas relaciones.

Problemas propios.

Las visitas se hicieron menos frecuentes y las llamadas comenzaron a espaciarse.

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