Miré el número desconocido.
Intenté recordar de dónde lo había sacado.
Nada.
Busqué en mi memoria conversaciones antiguas, personas que quizá había conocido y momentos en los que hubiera guardado un contacto sin añadirle un nombre.
No encontré ninguna respuesta.
El corazón comenzó a latirme más deprisa.
Durante toda aquella tarde había sentido que lo más aterrador era la proximidad de la muerte.
Pero ahora, por primera vez, sentí miedo de algo que estaba ocurriendo mientras todavía seguía viva.
Alguien que no conocía sabía cómo me llamaba.
Alguien que había recibido una confesión destinada a un número sin identificar parecía conocer un detalle que yo no le había proporcionado.
Volví a mirar la última pregunta.
«¿Qué harías con esos siete días si no tuvieras que afrontarlos sola?».
No sabía qué pretendía decir con aquello.