Las lágrimas empezaron a caerme sobre las manos.
No estaba segura de qué decir.
Finalmente escribí:
«Hay muchas personas. Pero no sé cómo decirles que me estoy muriendo».
Me quedé mirando esas palabras.
Nunca antes había escrito algo semejante sobre mí misma.
Me estoy muriendo.
No era una posibilidad lejana.
No era una preocupación que pudiera apartar hasta la próxima consulta.
Era la realidad que intentaba comprender.
El desconocido tardó un poco más en responder.
Durante aquellos segundos sentí miedo de haberlo incomodado.
Tal vez había sido demasiado sincera.
Tal vez alguien que no me conocía no quería cargar con una confesión semejante.
Me dije que no debía esperar nada.
Ya me había respondido.
Eso era más de lo que imaginé cuando pulsé enviar.
Pero entonces llegó otro mensaje.
«Amelia, ¿qué harías con esos siete días si no tuvieras que afrontarlos sola?».