Entonces escuché una vibración.
Fue un sonido breve.
Normal.
El mismo sonido que había escuchado miles de veces a lo largo de mi vida.
Pero aquella vez me sobresaltó.
Miré el teléfono sobre la mesa.
No esperaba nada importante.
Pensé que sería una notificación automática.
Tal vez un recordatorio.
Tal vez uno de esos mensajes que llegan cuando menos apetece recibirlos.
Extendí la mano.
Le di la vuelta al aparato.
La pantalla estaba iluminada.
Había una respuesta.
Del número desconocido.
Durante varios segundos solo pude mirar la notificación.
Alguien había leído mis palabras.
Alguien sabía que me quedaban aproximadamente siete días de vida.
Y había decidido contestar.
Sentí que se me humedecían los ojos.
No sabía si aquella persona sería amable.
No sabía si me preguntaría quién era.
No sabía si me diría que había enviado el mensaje a un número equivocado.