Mucho menos imaginé que, mientras yo intentaba aceptar mi enfermedad, aquel desconocido estaba a punto de prestar atención a una vida que parecía haberse vuelto invisible para los demás.
Todo comenzó aquella tarde, en el consultorio de mi médico.
Había acudido a otra cita, una de tantas que se habían convertido en parte de mi rutina.
Durante años aprendí a vivir entre consultas, análisis, medicamentos y periodos de agotamiento.
Había días en los que me encontraba lo bastante bien como para preparar el desayuno, ordenar mi apartamento y pintar durante una hora.
Otros días, hasta levantarme de la cama requería una determinación que nadie a mi alrededor podía imaginar.
La enfermedad no había llegado de golpe.
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Había ido ocupando espacio poco a poco, hasta que mis planes empezaron a depender de cómo me sintiera cada mañana.