Al otro lado de Nueva York, Lucian Moretti se encontraba reunido con varios de sus asociados.
Tenía cuarenta años.
Su nombre provocaba miedo entre personas acostumbradas al poder y a los negocios peligrosos.
Dirigía un imperio criminal y había construido una vida en la que casi todas las conversaciones tenían un propósito concreto.
Dinero.
Protección.
Territorio.
Favores.
Lealtad.
Amenazas.
La gente que conseguía su número privado normalmente sabía quién era él.
Y sabía que contactarlo sin una razón importante podía traer consecuencias.
Aquella tarde, sin embargo, su teléfono se iluminó con un mensaje que no encajaba en ninguna de esas categorías.
Lucian miró la pantalla.
Leyó las primeras palabras.
Después leyó el mensaje completo.
«Sé que esto es extraño y ni siquiera sé quién eres. Pero hoy me han dicho que me quedan siete días de vida».