Finalmente decidí escribir la verdad.
«Sé que esto es extraño y ni siquiera sé quién eres. Pero hoy me han dicho que me quedan siete días de vida».
Me quedé mirando el texto.
Lo leí dos veces.
Parecía el mensaje de otra persona.
Una persona desesperada.
Una persona que no había encontrado a nadie a quien contarle que tenía miedo.
Me pregunté qué pensaría el destinatario.
Quizá creería que era una broma cruel.
Quizá bloquearía el número.
Quizá ni siquiera abriría la conversación.
Por un momento estuve a punto de borrarlo todo.
Después pensé en el consultorio.
En la carpeta cerrándose.
En las palabras del médico.
En el cuadro sin terminar.
Y pulsé enviar.
El mensaje desapareció del espacio de escritura y quedó registrado en la conversación.
Ya no podía recuperarlo.
Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa.