No tenía fotografía.
No recordaba cuándo lo había guardado ni a quién pertenecía.
Quizá había sido un contacto relacionado con algo de años atrás.
Quizá alguien que conocí brevemente.
No lo sabía.
Me quedé mirándolo.
Era extraño.
Tenía delante decenas de personas conocidas, pero aquel número sin nombre me parecía la única oportunidad de hablar con libertad.
No necesitaba proteger los sentimientos de su dueño.
No necesitaba explicar cómo había evolucionado mi enfermedad.
No necesitaba sostener una conversación larga.
Podía escribir unas palabras, enviarlas y aceptar que nunca recibiría una respuesta.
Abrí el espacio para redactar un mensaje.
Mis dedos se quedaron inmóviles sobre la pantalla.
No sabía cómo empezar.
Escribí una frase.
La borré.
Volví a intentarlo.
Pensé en pedir disculpas antes de decir nada.