Una mancha roja.
No enorme.
Pero evidente.
Miré a Mariana.
Ella siguió mi mirada.
Y su reacción fue demasiado rápida.
Arrancó la sábana hacia ella.
—No es nada.
—Mariana.
—De verdad.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Estás sangrando.
—Andrés.
—¿Te duele algo?
—No hagas preguntas.
Ve a bañarte.
Tienes trabajo.
La frase me dejó frío.
No porque fuera grosera.
Porque estaba asustada.
—Vamos a un hospital.
—No.
—Mariana.
—No.
—¿Por qué?
Me miró.
Vi lágrimas.
Y después desaparecieron detrás de una expresión dura.
—Porque no.
—Eso no es respuesta.
—Es la única que te voy a dar.
Discutimos.
No mucho.
Ella se vistió.
Metió el teléfono en su bolsa.
Yo insistí.
—Por lo menos déjame llevarte.
—Voy a pedir un coche.
—¿Mariana?
Se detuvo en la puerta.
—Anoche fue un error.
Aquello me dolió más de lo que debería.