—Si no nos hubiéramos divorciado —me dijo—, probablemente nos odiaríamos.
—Puede ser.
—Entonces estuvo bien.
—Sí.
—Pero me alegra que terminemos así.
La palabra “terminemos” me destruyó.
Mariana murió una madrugada de agosto.
Yo estaba a su lado.
No fue dramático.
No dijo una gran frase.
Había dormido casi todo el día.
Abrió los ojos una vez.
Me miró.
—Andrés.
—Aquí estoy.
—Lo sé.
Eso fue todo.
Horas después dejó de respirar.
Durante meses estuve enojado.
Porque me había escondido el cáncer.
Porque me había buscado sabiendo que podía morir.
Porque había convertido una noche que yo creí impulsiva en una despedida planeada.
Porque me había dejado descubrir la verdad por partes.
Después entendí que Mariana había pasado su último año intentando controlar lo único que todavía podía controlar.
Quién sabía.