Pero la historia todavía no estaba completa.
Dos días después apareció una mujer llamada Verónica Sáenz.
Pensé que era amiga.
No.
Era abogada.
—¿Andrés Lozano?
—Sí.
—Represento a Mariana.
—¿Por qué?
—Ella me pidió entregarle esto si llegaba a hospitalizarse nuevamente.
Me dio un sobre.
Dentro había una llave.
Y una dirección.
Playa del Carmen.
—¿Qué es esto?
—Un departamento.
—¿De Mariana?
—Sí.
—¿Por qué me da la llave?
—Eso tendrá que descubrirlo usted.
Fui esa misma tarde.
Era un departamento pequeño.
Dos habitaciones.
Casi vacío.
En una pared había fotografías.
Muchas.
Mariana y yo.
Nuestra boda.
Un viaje a Guanajuato.
Navidad.
Una foto horrible de nosotros comiendo tamales en pijama.
Me quedé paralizado.
¿Por qué una mujer divorciada hacía tres años conservaba una pared así?
Después vi una caja.
Mi nombre.
La abrí.
Dentro había cartas.