—Entonces ya lo sabía.
—¿Qué?
—Mariana lleva meses en tratamiento.
Sentí que el aire me abandonaba.
—No.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Casi nueve meses.
Me apoyé en la pared.
Nueve meses.
—¿Por qué no me dijo?
—Eso tendrá que preguntárselo a ella.
Si despierta con suficiente estabilidad.
La palabra “si” me perforó.
La vi esa tarde.
Era difícil reconocer a la mujer del bar.
Más pálida.
Más delgada.
Sin maquillaje.
Con vías.
Dormida.
Me senté a su lado.
Pensé en la playa.
En el hotel.
En cómo me había dicho que aquella noche era un error.
Y empecé a entender.
Mariana no había llegado a ese bar por casualidad.
Cuando despertó, horas después, me encontró ahí.
—Andrés.
Su voz casi no salía.
—Hola.
Cerró los ojos.
—¿Quién te llamó?
—El hospital.
—No debieron.
—Me dejaste como contacto.