Solo cambió lo que tenía que cambiar.
Los clientes empezaron a saludar más.
A mirar menos la ropa de los demás.
A dejar pasar a quien venía con prisa de verdad.
A preguntar el nombre antes de juzgar una cara.
Teresa volvió algunas mañanas.
Al principio se quedaba al final de la fila, muy quieta.
Luego empezó a saludar a Miguel.
Después a Lucía.
Nunca se hicieron amigos de esos que se llaman por teléfono.
Pero aprendieron a estar en el mismo lugar sin que el orgullo ocupara toda la habitación.
Una tarde, Teresa trajo una foto pequeña.
Me la enseñó sin dársela a nadie.
Era de su padre, joven, con casco de obra, la camisa manchada y una sonrisa inmensa.
—Se llamaba Julián —me dijo—. Construyó media vida con estas manos.
Luego miró a Miguel.
—Me olvidé de dónde venía. Eso también es una forma de perderse.