Los aplausos comenzaron.
Primero discretos.
Después intensos.
Pero yo apenas los escuchaba.
Estaba mirando a mi esposo.
El hombre que acababa de decirme que no pertenecía a aquel mundo.
Dominik conocía perfectamente el nombre Hrytsenko.
Durante quince años, su empresa había dependido de una red de inversiones, garantías y contratos administrados por el grupo familiar.
Lo que nunca supo fue que yo pertenecía a esa familia.
Y no por casualidad.
Mi abuelo había fundado el grupo décadas atrás. Mi madre heredó una parte importante de sus participaciones y, cuando falleció, me dejó su patrimonio bajo una estructura fiduciaria.
Richard era el administrador principal y había sido amigo de mi madre desde la juventud.
Cuando conocí a Dominik, yo ya era beneficiaria de aquel patrimonio.
Pero utilizaba el apellido de mi padre y trabajaba como restauradora de arte en un pequeño museo.