A veces me preguntaba en qué momento aquel hombre había desaparecido.
Pero dejé de buscar respuestas cuando comprendí que conocerlas no cambiaría lo sucedido.
Tres meses después, recibí una carta escrita a mano.
Era de Dominik.
Me pedía perdón.
Decía que había confundido el poder con el valor personal, que había despreciado todo aquello que no podía exhibir frente a sus socios y que solo después de perderme había comprendido lo que significaba mi presencia en su vida.
También me pidió que considerara retirar las acciones legales.
Leí la carta sentada junto a la ventana de mi nuevo departamento.
Era mucho más pequeño que el ático.
Tenía plantas en el balcón, libros apilados sobre una mesa de madera y una cocina donde por fin volví a disfrutar de preparar mi propio desayuno.
Guardé la carta.