Mi corazón comenzó a latir violentamente.
—¿Claire está bien?
—Sí, señor Morgan.
Cerré los ojos, aliviado.
—Gracias a Dios.
—Mi cliente me ha autorizado a entregarle ciertos documentos relacionados con la investigación financiera.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque contienen información que podría ayudar a esclarecer lo ocurrido.
Hizo una pausa.
—Pero quiere que comprenda algo: esto no significa que desee reconciliarse.
Tragué saliva.
—Lo entiendo.
—Y tampoco autoriza que intente contactarla.
—Respetaré su decisión.
Patricia guardó silencio.
Después dijo algo que me dejó sin palabras.
—Claire espera que esta vez cumpla una promesa sin necesidad de que alguien se la recuerde.
Aquella noche abrí el paquete que Patricia había enviado a mi abogado.
Contenía copias de documentos financieros, fotografías y una pequeña memoria USB.
Pero había algo más.
Una carta escrita a mano.
Reconocí inmediatamente la letra de Claire.