Hizo una pausa.
—Hasta que un día un perro se negó a dejarme solo.
Todos miraron a Max.
El animal estaba tumbado junto a mis pies.
Walter sonrió.
—No sé qué vio en mí aquel día. Pero quiero que sepan algo: nadie debería tener que esconder sus heridas para merecer respeto.
Después se acercó y me abrazó.
—Gracias por detenerte aquel martes.
Le respondí:
—Yo solo sujetaba la correa, Walter. El que decidió acercarse fue Max.
Walter se agachó y acarició al perro.
—Entonces dale las gracias de mi parte.
Aquella noche, al regresar a casa, miré a Max mientras dormía junto a su cama.
Habíamos pasado once años trabajando juntos.
Creía conocer cada una de sus señales, cada uno de sus movimientos y cada uno de sus instintos.
Pero aquel martes me enseñó algo que nunca había aprendido durante mis años de servicio.