La historia de Walter y Max: El secreto que escondía aquel viejo soldado

Quería volver al Parque Metropolitano.

Acepté acompañarlo.

Caminaba despacio, con su prótesis nueva y un bastón de apoyo.

Max iba a su lado.

Cuando llegamos a la misma banca donde lo habíamos encontrado, Walter se detuvo.

Miró el lugar durante unos segundos.

—Aquí pensé que todo había terminado —dijo.

—Y, sin embargo, aquí empezó algo nuevo.

Asintió.

Sacó de su bolsillo una pequeña placa metálica.

Era la identificación antigua de Trueno.

La colocó en mi mano.

—Quiero que la guardes. Tu perro hizo por mí algo que muchas personas no hicieron.

Miré a Max.

El pastor alemán estaba sentado tranquilamente junto a nosotros.

Walter se agachó con dificultad y le dio un abrazo.

—Gracias, muchacho.

Después me miró.

—Gabriel, ¿puedo pedirte algo?

—Lo que necesite.

—Cuando conozcas a alguien que esté solo, no esperes a que te pida ayuda. A veces la vergüenza es más fuerte que el dolor.

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